El grado cero de la locura

Acerca de Todo el mundo es loco

Gil Caroz

El aforismo Todo el mundo es loco no concierne a todos los seres de la Tierra, sino únicamente a los seres hablantes que obedecen como pueden al código del lenguaje y que están inmersos en un discurso que establece un lazo social. Es cierto que cuando hablamos, irrealizamos las cosas, las volvemos inexistentes; es el sentido mismo de la fórmula: “la palabra es la muerte de la cosa”. Pero lo que hace de aquel que habla un loco, se debe precisamente a que al hablar y volver así la cosa inexistente, le procura un ser. Conocemos el ejemplo de Madame Bovary[1], que no existe y nunca existió pero cuyo ser está sin embargo asegurado por una obra que le da cuerpo. Tomemos otro ejemplo de Russell: decir que el rey de Francia es calvo es una locura porque el rey de Francia no existe[2]. Por otra parte, “conviene destacar que, si un hombre que se cree rey está loco, no lo está menos un rey que se cree rey”[3].

Una defensa contra lo real

Este poder del lenguaje y de los discursos de volver las cosas inexistentes atañe a un vasto dispositivo que nombramos el Otro de lo simbólico. Este Otro, llamado simbólico, no existe realmente. Es por esto que puede resguardar al sujeto de lo que hay de insoportable en lo real. Cuando hablamos, al ser la cosa nadificada, los significantes sólo reenvían a otros significantes, sus referentes son un lugar vacío. Lo que hace que, al fin de cuentas, no hablemos de otra cosa que de la ausencia de relación sexual. Cuando el objeto a tapona el vacío de esta ausencia, emerge el goce como positivado, pero permanece indecible. Ya sea que el lugar del referente permanezca vacío o que esté obstruido por el objeto a, en ambos casos lo real está excluido del lenguaje. De esta forma, la locura constituye una defensa universal y estructural del ser hablante contra lo real. Esta se apoya en el Otro aunque se despliegue de maneras diferentes según las estructuras.

En su texto “Ironía”, Jacques-Alain Miller describe las diferentes modalidades de defensa que consisten en hablar de lo que no existe. El neurótico está loco porque hace existir al Otro situando allí al objeto a como consistencia lógica de su fantasma, pero también como objeto perdido que causa su deseo. El paranoico está loco porque sitúa el goce en el Otro y le da así una consistencia real. El Otro inexistente deviene “goloso del objeto a[4]. Se transforma en un Otro que existe, que condensa el goce y goza del sujeto.

La esquizofrenia es la única estructura clínica que no responde a la definición de la locura como defensa contra lo real por intermedio del Otro[5], ya que la distancia entre lo simbólico y lo real está allí ausente. Para el esquizofrénico, la palabra es la cosa, o incluso, lo simbólico es real. No sólo no se sirve del Otro para defenderse de lo real, sino que por medio de su ironía, ataca al Otro simbólico y al lazo social sostenido por un discurso. El esquizofrénico está, por consiguiente, sumergido en lo real, no se defiende de éste.

Así como la esquizofrenia es una excepción entre las estructuras clínicas, el psicoanálisis es una excepción entre los discursos acerca de la locura, porque la práctica psicoanalítica no es una defensa contra lo real. Muy por el contrario, es una ética orientada por lo real. Lacan subraya que el discurso analítico “no tiene nada de universal” y “es por eso, agrega, que no es materia de enseñanza”[6]. Al ser universal, la enseñanza pertenece al discurso universitario que produce un saber expuesto que evita lo real. El psicoanálisis no se enseña sino que se transmite en el encuentro, uno por uno, y produce un saber supuesto, saber que sólo vale para el Uno solo[7]. Cuando ese saber es llevado hasta el final, implica un quiebre en la articulación S1S2 que es la condición propia al saber universal. Los S1 que se aíslan durante esta operación no son del orden de una negación de lo real. Por el contrario, designan lo real del sujeto. En este sentido, el discurso analítico no es para nada loco.

El aforismo Todo el mundo es loco conlleva una articulación fuerte entre dos términos: concierne a la vez a la enseñanza y al saber, por un lado, y a la clínica del delirio, por el otro. El delirio responde a la estructura del saber. J.-A. Miller presenta al delirio como un S2 que responde a la perplejidad producida por la emergencia del fenómeno elemental que podemos asimilar a un S1[8]. Según esta concepción, el fenómeno elemental tendría el valor de un axioma, de un postulado lógico, tan enigmático como inexplicable. El delirio es un S2 que viene a dar un sentido a este elemento irreductible y fuera de sentido, cuando surge en la vida de un sujeto.

Generalizaciones

El aforismo que titula nuestro congreso concuerda con la despatologización contemporánea que reemplaza el principio clínico por el principio jurídico y substituye la patología por estilos de vida[9]. Ahora bien, cuando consideramos, a partir de este aforismo, que todo el mundo es normal, que la enfermedad mental y la psicosis no existen más, negamos lo real. La democratización de la clínica se vuelve entonces una forma de locura en sí. J.-A. Miller ha indicado en varias ocasiones que los conceptos que Lacan propone con respecto a la psicosis se pueden generalizar al ser hablante, sin por ello deshacer su valor clínico en el marco del establecimiento de un diagnóstico diferencial.

El automatismo mental, es el Otro

Notemos para empezar una generalización operada sobre un concepto que emana de la psiquiatría y que fue acuñado por de Clérambault: el automatismo mental. “Forma inicial de toda psicosis”[10], el automatismo mental es una “enunciación independiente”[11], un discurso paralelo, autónomo, extranjero, que parasita al sujeto y lo atraviesa. Esta parasitación no es sí una patología, como propone J.-A. Miller. Es la manifestación del Otro del lenguaje que es propia a lo humano como tal. Esta tesis concuerda con un enunciado de Lacan que suena como una rima: “¡Es normal, el automatismo mental!”[12]. Sin embargo, el psicótico se distingue por el hecho de que él reconoce la presencia extranjera de este Otro que habla a través de él, que en ciertas ocasiones le habla y hace intrusión. Por el contrario, el neurótico desconoce el hecho de que el Otro habla en él, y mantiene la ilusión de que es él el que habla, salvo que reconozca el inconsciente. La generalización de los fenómenos del automatismo mental no nos impide entonces distinguir la psicosis de la neurosis.

Paranoia ordinaria

En otro registro, imaginario en este caso, J.-A. Miller considera la paranoia a partir de “la relación primaria con el Otro”[13] que es, sin lugar a dudas, del orden de una paranoia generalizada. Esta concepción halla sus raíces en el vínculo, defendido por Lacan en su tesis, entre la personalidad y la paranoia. Conocemos, por ejemplo, la dificultad que se presenta en ocasiones en la clínica, para diferenciar el yo del paranoico de las “fortificaciones al estilo de Vauban”[14] que constituye el yo del obsesivo, porque cualquiera que sea la estructura del sujeto, el yo es paranoico. Esto se lee ya en Freud cuando describe en “La negación”[15] la construcción del yo, que consiste, dice él, en situar al objeto bueno en el interior, en el yo, y al objeto malo en el exterior; esta localización del goce malo en el exterior es un modo de relación paranoica con el otro. Notemos incluso que esta concepción del yo paranoico está presente en la enseñanza de Lacan desde el estadio del espejo en donde reina la lógica agresiva del “eres tú o yo”. Y, si consideramos que el yo no sólo es hostil al otro sino que además es narcisista, podemos hablar de la paranoia como normal y correlativa a una megalomanía generalizada u ordinaria.

Notemos que la constitución del yo según el estadio del espejo se produce en dos tiempos. En el primer tiempo, el del organismo, el cuerpo está fragmentado. En el segundo tiempo, la imagen unificada del cuerpo se construye, los órganos son reunidos y articulados. Encontramos en estos dos tiempos del espejo los dos tiempos de la construcción de un delirio, que tiene como segundo tiempo al yo como esfera sin falla que resulta ser equivalente a la construcción delirante. Tras el estadio del espejo, es a partir de la imagen de su cuerpo unificado que el sujeto se forja una imagen fantasmática del mundo como una forma esférica e ideal, como el globo que orna el afiche de nuestro XIV congreso de la AMP. J.-A. Miller destaca que esta paranoia generalizada como relación primaria al otro contradice las concepciones de comprensión fundamental del otro según las teorías de la intersubjetividad[16]. Más que comprensible, el otro es fundamentalmente extranjero y amenazante.

La forclusión: una transferencia de dimensión

El delirio generalizado, tal como lo hemos descripto hasta aquí, es una construcción imaginaria o simbólica. La forclusión, en cambio, a diferencia del delirio, no es una construcción sino un rechazo de un elemento del registro simbólico que reaparece en lo real. J.-A. Miller llama a este pasaje de un registro a otro una transferencia de dimensión[17]. Este fenómeno atraviesa todas las estructuras.

Un significante es rechazado a lo real cuando condensa un exceso de goce indecible. El caso del hombre de los sesos frescos de Ernest Kris comentado por Lacan[18] muestra bien cómo la imposibilidad del significante para soportar la pulsión produce un rechazo a lo real bajo la modalidad del acting out. Se trata aquí de una forclusión, que no se produce en el marco de la psicosis sino en la relación entre el analista y el analizante. Podemos considerar que la intervención del analista, que no toma en consideración la palabra del paciente como una verdad sobre la pulsión oral, expulsa esta pulsión fuera de lo simbólico. Entonces, esta reaparece en el comportamiento del paciente que pone en acto esta pulsión. Lo indecible que no fue escuchado por el analista, retornó en lo real del lado del paciente.

En la histeria también, un tal pasaje a lo real puede manifestarse en la pantomima del sujeto, es decir, en su conducta en el mundo. Recordemos la paciente de la presentación de enfermos de Lacan, que escucha retornar en lo real la injuria “marrana”[19], atestiguando un goce indecible que la ha invadido en el momento en el que se cruza en el pasillo del edificio al amigo de su vecina. En las mismas circunstancias, escribe J.-A. Miller, un sujeto histérico no habría escuchado una voz, pero “no es impensable que para la histérica eso retorne en lo real bajo la forma de actuar como si todos los hombres fueran cochinos”[20]. En la neurosis obsesiva, es la mirada del padre la que puede tomar consistencia y producir una inhibición mayor. Esta consistencia real de la mirada es una manifestación de la obscenidad del superyó que el significante no puede contener y que por lo tanto es expulsada de lo simbólico y desplazada hacia lo real.

Esta serie de conceptos que conciernen a la psicosis, generalizados y atribuidos al parlêtre como tal, muestran bien que el aforismo Todo el mundo es loco puede co-existir absolutamente con un reconocimiento de lo real de la clínica. El hecho de que estos fenómenos atraviesen las estructuras psíquicas no conduce necesariamente a la supresión de estas estructuras.

Una forclusión inherente a la cura

Volvamos a la cuestión de la enseñanza. Hay que estar loco, dice Lacan, para querer enseñar el psicoanálisis de modo universitario como saber expuesto y universal. No obstante, la formación del psicoanalista se encuentra en el corazón de la acción de las Escuelas de la AMP. Es decir que si bien no hay una enseñanza del psicoanálisis que sería sensata, hay, como hemos visto, una transmisión posible en el uno por uno. Pero el saber en juego en esta transmisión difiere del saber que domina, aquel en el que el amo es el agente. Es un saber que produce horror. Lacan nota, además, que es poco probable que los candidatos al análisis emprendieran la experiencia si supieran anticipadamente que la destitución subjetiva está escrita en el ticket de entrada. “Sin embargo, hacer interdicción de lo que se impone de nuestro ser es ofrecernos a un retorno del destino que es maldición. Lo que es rechazado en lo simbólico, recordemos su veredicto lacaniano, reaparece en lo real”[21].

Dicho de otro modo, hay una forclusión posible, inherente a la cura analítica misma, cuando se rechaza el saber que deriva de la destitución subjetiva. Esta destitución, que se impone al sujeto en análisis, implica que aquello en lo que se sostiene – su sufrimiento, su fantasma, sus identificaciones, su queja, su división y su suposición de saber – ya no le sirve para nada. Entonces, el sujeto debe apoyarse en su propia existencia como único punto de certeza que puede orientar su ética. Este reconocimiento de la inexistencia del Otro es correlativo a una forma de reconocimiento de lo real. Puede provocar “el horror, la indignación, el pánico[22]”, pero es el grado cero de la locura.

Traducción: Laura Petrosino

Revisión: Melina Cothros


[1] Miller J.-A., “La orientación lacaniana. El Uno solo”, enseñanza pronunciada en el marco del departamento de psicoanálisis de la universidad de Paris 8, curso del 23 de marzo de 2011, inédito.

[2] Miller J.-A., “La psicosis en el texto de Lacan”, Analytica, nº58, 1989, p. 137.

[3] Lacan J., “Acerca de la causalidad psíquica”, Escritos 1, Editorial siglo XXI, Madrid, 1971, p.169.

[4] Miller J.-A., “Ironía”, Revista consecuencias nº7, noviembre de 2011.

[5] Ibid.

[6] Lacan J., “¡Lacan por Vincennes!, Revista Lacaniana de Psicoanálisis nº 11, octubre 2011, Buenos Aires, Grama, p.11.

[7] Miller J.-A., “Todo el mundo es loco, AMP 2024”, Revista lacaniana de psicoanálisis nº 32, p. 15 a 25. Texto de orientación del congreso de la AMP 2024. Encontramos en este texto varios puntos que han sido desarrollados aquí.

[8] Miller J.-A., “La invención del delirio”, Conferencias porteñas, tomo 2, Paidós, Buenos Aires, 2009, p. 285 a 296.

[9] Miller J.-A., “Todo el mundo es loco, AMP 2024”, op. cit.

[10] Miller J.-A., “Enseñanzas de la presentación de enfermos”, Los inclasificables de la clínica psicoanalítica, Paidós, Buenos Aires, 1999, p. 417 a 430.

[11] Ibid.

[12] Lacan J., “Hacia un significante nuevo”, texto establecido por Jacques-Alain Miller, Revista Lacaniana de Psicoanálisis nº26, junio 2019, Buenos Aires, Grama, p.13 a 20.

[13] Miller J.-A., “La paranoia, relación primaria con el otro”, The Lacanian Review, nº10, diciembre 2020, p. 56-90.

[14] Lacan J., “La agresividad en psicoanálisis”, Escritos 1, op. cit., p.113.

[15] Freud S., “La negación”, Obras completas, Tomo XIX, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1979, p. 253 a 257.

[16] Miller J.-A., “La paranoia, relación primaria con el otro”, op. cit., p. 82.

[17] Miller J.-A., “Forclusión generalizada”, Los signos del goce, Paidós, Buenos Aires, 2006, p.367-381.

[18] Lacan J., “La dirección de la cura y los principios de su poder”, Escritos 2, op. cit., 571 a 537.

[19] Lacan J., “Tratamiento posible de la psicosis”, Escritos 2, op. cit., p. 512.

[20] Miller J.-A., “Forclusión generalizada”, op. cit., p. 381.

[21] Lacan J., “Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la escuela”, Otros Escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 270.

[22] Ibid.